Sunday, January 20, 2008

Es maravilloso estar aquí

En otro espacio (físico y temporal), atreví la siguiente propuesta: en un terreno heterodoxo, es posible comparar vida y obra del escritor irlandés James Joyce con la historia y las grabaciones de los Beatles. Uno y los otros vienen de una ciudad periférica de Londres (Dublín y Liverpool) atravesada por un río (el Liffey o el Mersey). Tanto Joyce como John Lennon y Paul McCartney sufrieron la pérdida temprana de la madre, que en el caso del narrador se vuelve ese grito angustioso del personaje Stephen Dedalus (alter ego de Joyce): “Madre, déjame ser, déjame vivir”; y en Lennon suena de esta manera: “Madre, tú me tuviste pero yo nunca te tuve”. Las primeras creaciones de uno y los otros son sencillas y melodiosas (como los cuentos de Dublineses o incluso el Retrato del artista adolescente), y emprenden luego un camino experimental: el Sargento Pimienta es el Ulises de los Beatles; y el álbum blanco es su Finnegans Wake.
A cuarenta años de su lanzamiento (apareció oficialmente el 1 de junio de 1967), el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band es una de esas piezas culturales que siempre está ahí. Por lo mismo, resulta difícil ponerse en situación de escucha inocente, e ir al álbum o disco de larga duración (como se decía en la era anterior al CD) y oírlo como si fuera la primera vez. Habría que retroceder de forma imaginaria esas cuatro décadas y pensar el universo como entonces se concebía; y recoger algunas de las piezas que parecieron configurar esos locos años sesenta.
Cada país tuvo sus razones para enloquecer, pero en Inglaterra la debacle del partido político conservador (al descubrirse en sus filas un escándalo sexual con ecos internacionales) fue inversamente proporcional al surgimiento de la Beatlemanía. La inesperada permisividad conservadora, oculta hasta el año 63 y puesta en evidencia por el “caso Profumo”, pareció la señal de arranque de un tiempo en que todo, o casi todo, fue experimentado. El ocaso de los políticos al viejo estilo provocó que se buscaran nuevos asideros, y los Beatles fueron uno de los focos de esa revolución de las costumbres que designó a Wonder-London como capital espiritual… aunque de ella hayan sido, de algún modo, expulsados, por el tráfago de las giras musicales internacionales en que estuvieron metidos de comienzos de 1964 al 29 de agosto 1966, fecha de su concierto en el Candlestick Park de San Francisco, el último del cuarteto.
Liverpool ya no era el puerto de arribo de esos muchachos norteños, sino Londres. Y a su regreso la ciudad había cambiado. En el UFO se presentaba, en noches memorables, Pink Floyd, con su combinación de juego de luces, proyecciones de filmes vanguardistas y eternas improvisaciones musicales. Syd Barrett & Friends, entre otros celebrantes del underground, proporcionaban la base sonora para los prolongados vuelos interestelares de marihuana y ácido lisérgico de sus seguidores. La psicodelia estaba ahí.
Entre gira y gira, los Beatles habían intentando avanzar. De su arranque tumultuoso con canciones sencillas y pegajosas, llegaron un punto en el que tuvieron que pedir ayuda (Help!, 1965) por sentir que ahí, solos en los estadios (“un andar solitario entre la gente”, diría el poeta), se convertían en loros absurdos, para entregarse luego (en sus pocos ratos libres en el avión, en el cuarto de hotel) a dos creaciones que señalaban nuevos rumbos para su música. Una cosa por la otra: la popularidad inesperada y mundial les creó cárceles personales pero también grandes espacios de libertad, en donde no era la disquera la que mandaba sino ellos, los músicos. Y su madurez se manifiesta tanto en Rubber Soul (1965) como en Revolver (1966), en piezas como “Nowhere Man”, con una letra compleja, abstracta, que sigue pareciendo rara y hermosa hoy en día; o “Norwegian Wood”, en la que George Harrison introduce la sitar, por mencionar sólo un par de casos.
Para el crítico musical argentino Diego Fischerman, los Beatles fueron un fenómeno anfibio. Explica que esto se debió en gran parte al “espíritu de época imperante” —-un espíritu de época en buena medida modelado por ellos-- y, en parte, también, “por la tensión con sus propios orígenes culturales y sus limitaciones técnicas”. Sigue: “Al mismo tiempo que conquistaban una popularidad y un nivel de influencia en la vida social gigantescos, experimentaban musicalmente. Mientras sus canciones seguían bailándose, pasándose por la radio y vendiendo millones de unidades, desarrollaban un nivel de sutileza y detallismo en la composición totalmente inéditos en la música pop”.
Y el Sargento Pimienta venia en camino. Un aviso de la frecuencia en que andaban apareció el 13 de febrero de 1967 con un sencillo que no tenía nada de sencillo, porque de un lado traía “Strawberry Fields Forever” y del otro “Penny Lane”, como asomos contrapuestos a la infancia por parte de John Lennon y Paul McCartney. Ahí se podía ver quiénes eran entonces los cambiantes Beatles, siempre un paso delante de los otros grupos, aunque esas canciones no aparecerían finalmente en el acetato en el que empezaban a trabajar, y que les llevó cuatro meses y costó en la hechura casi 50 mil libras, contra las 13 horas continuas de grabación y un costo de apenas 400 libras de Please Please Me (1963), su primer elepé.
Uno de los pocos que extrañaba las giras y los conciertos masivos era Paul McCartney, encantado siempre de figurar. Se le ocurrió, entonces, que si no iban a hacer presentaciones públicas habría modo de realizarlas imaginariamente; y pensó en un grupo, la Banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta, y en un una rúbrica a propósito que funcionara como hilo conductor (o leitmotiv) del disco. El concierto, diríamos ahora, sería virtual. Por ahí también surgió su idea de un viaje “mágico y misterioso”, que sería el proyecto siguiente.
La costumbre era que los discos fueran meras colecciones de canciones. Por los Beatles, el álbum empezó a desplazar a los sencillos (con dos tracks) o extendidos (o EP’s, de cuatro canciones), más baratos y más populares. Con el Sargento Pimienta, el valor estimativo del long play crecerá, porque no era ya sólo una acumulación de piezas sino que había un concepto, éste de la gira imaginaria, que todo lo ataba.
Variaron también su forma de grabar. En los descansos de los viajes habían ido adentrándose poco a poco en los procesos del estudio, y ya para 1967 tenían dominadas las consolas, e incluso no era necesario que todos tuvieran que estar al mismo tiempo en la cabina: se trabajaba la pista de un instrumento, se montaba la otra, cada cual desarrollaba una idea y luego pedía apoyo de los otros, “siempre ansiosos por atravesar fronteras, por averiguar qué sucedía si tocaban ese instrumento en aquel cuarto con la cinta al revés y sin hacer caso de todas las ideas preconcebidas” (John Robertson) … Eran cuatro individualidades en un ejercicio común, aunque el que menos disfrutó el laboratorio fue Ringo Starr, por lo regular poco creativo en solitario (mas uno de los mejores bateristas del rock); y el que concentraba e interpretaba técnicamente las ideas era el productor, George Martin.
Con intensas jornadas en el estudio y largas noches de juerga en el alocado Londres, así se fue cocinando el Sargento Pimienta. En paralelo, con similares rutinas pero en el estudio de grabación contiguo, preparaba Pink Floyd su disco debut en tono naturalmente psicodélico, The Piper at the Gates of Dawn, que incluso comparte con el Sargento Pimienta algunos ruidos incidentales, proporcionados por el ingeniero de sonido Norman Smith, que venía de trabajar con los Beatles y fungió como productor de Pink Floyd. Considérense ambas grabaciones, en tal caso, dos joyas del año 67, y cuyos complementos naturales (también cuarentones y poderosos, con su dosis de viagra que son la remasterización, la digitalización y lo que venga) serían acaso Their Satanic Majesties Request, de los Rolling Stones (pero no es su mejor disco) y Are you Experienced?, de The Jimi Hendrix Experience… Este último guitarrista, por cierto, interpretó la rúbrica del Sargento en vivo días después del lanzamiento del álbum, como primer tributo al octavo elepé del cuarteto de Liverpool.
La excepcionalidad de esos otros títulos no resta nada al Sargento Pimienta, que se ubica precisamente en el centro de ese laberinto. Impactaba el disco desde que lo tenía el comprador entre las manos, por la cubierta diseñada por el artista pop Peter Blake en la que se veían sesenta y dos rostros (según cuentas de Peter Brown y Steven Gaines), fruto de una sesión fotográfica que se llevó a cabo el 30 de marzo de 1967… aunque no fue, esa jornada, como la que aparece en el video del sencillo “Free as a Bird” (con las celebridades yendo de aquí para allá), pues las únicas figuras vivientes eran John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, y las personalidades (Mae West, Lenny Bruce, Edgar Allan Poe, Bob Dylan, Oscar Wilde o Gandhi, entre muchos otros), estaban ahí en inmutables ampliaciones fotográficas; había también representaciones en cera de los primeros Beatles.
Una novedad fue la inclusión de las letras en la contratapa; otra es que pese a no ser álbum doble se abría como cuaderno. En la funda, se encontraba un cartón ilustrado recortable con un retrato del mismísimo Sargento Pimienta, los cuatro miembros de su banda perfectamente uniformados, un par de insignias, un bigote y dos estampas circulares más.
Es decir, podía uno entretenerse un rato antes de colocar el acetato en la tornamesa, que era el momento en que los sentidos comenzaban a ampliarse. Ese instante de la primera lectura de obras definitivas, el primer vistazo a una cinta clásica o la vez primera que se escucha un gran disco, es inigualable. Lo que sigue, entonces, es ir conociendo esa creación, habitar temporadas en ella y familiarizarse con el entorno para comprobar su resistencia, percepciones que acaso se sostienen por el asombro inicial, que se aleja. Aunque para Gustave Flaubert el buen lector es un re-lector; y el Sargento Pimienta es uno de esos discos que cada vez que se escuchan parece como si se tratara del primer encuentro, sí, pero con algo ya conocido y disfrutado.
La aguja está en el surco. ¿Qué se escucha? Murmullos en la sala de conciertos, los músicos afinan… y arranca la rúbrica: “It was twenty years ago today/ Sgt. Pepper taught the band to play…” Veinte años atrás, sí, cuando el fin de la Segunda Guerra Mundial, que fue el escenario bélico en que se desarrolló la infancia de todos ellos. Sigue “With a Little Help from my Friends”, canción de Lennon & McCartney compuesta para que fuera cantada por Ringo (en su papel de Billy Shears), y que es un comienzo amable que antecede a la discutida y celebrada “Lucy in the Sky with Diamonds”, de Lennon, deslumbrante viaje lisérgico en árboles de mandarina y cielos de mermelada… aunque Lennon asegurara que las iniciales del LSD no fueron puestas a propósito, y que la canción nació de un dibujo de Julian, su hijo, en el que aparecía Lucy en un cielo de diamantes, y no de una intoxicación alucinatoria, por cierto usuales en aquel año… como la que tuvo en plenas grabaciones, cuando fue llevado por George Martin a la azotea para que se refrescara, sin saber que en esas condiciones era riesgoso exponer al Beatle a las alturas, pues era capaz de hacer cualquier tontería.
Viene luego un suave combo macartniano con “Getting Better”, “Fixing a Hole” y “She’s Leaving Home”; y, para cerrar el lado A, “Being for the Benefit of Mr. Kite”, definitivamente con la firma de Lennon, y que es la lectura en verso del cartel de un circo.
Los equilibrios, así, se marcan por los riesgos que corre John Lennon (al que le gustaban los disparates literarios ingeniosos al estilo Lewis Carroll y la locura musical) y los suaves apoyos melódicos de Paul McCartney… Al cambiar de lado, se muestran la sitar y el hinduismo militante de George Harrison con “Within You Without You”, la única pieza de su autoría que logró colar al Sargento Pimienta… que se atempera con otro adorable par de McCartney integrado por “When I´m Sixty-Four” y “Lovely Rita”, y el freno intempestivo de Lennon con “Good morning, good morning”, a partir ya no de un cartel de circo sino de un comercial de cereales y en donde se escucha un coro zoológico (acaso debido al Pet Sounds de The Beach Boys, editado en 1966) que parece anticipar al Animals (1977) de Pink Floyd.
La rúbrica de la Banda del Club de los Corazones Solitarios cierra aparentemente el álbum, para dar la impresión de circularidad; cierra lo anterior y abre el camino, con acordes de guitarra in crescendo, para “A Day in the Life”, octava maravilla, “el mejor esfuerzo de colaboración entre Lennon y McCartney” (John Robertson dixit), uno de esos momentos en que se comprende por qué José Agustín insiste en considerar al rock como la nueva música clásica. De dos canciones incompletas nace esta pieza maestra, con la dupla de compositores llevando, cada cual en su parte, la voz cantante. Los equilibrios, de nuevo, se cumplen con dos actitudes quizá opuestas pero a la vez complementarias; están fundidos ahí por un lado el vanguardismo de McCartney más cercano al de Stockhausen; y por otro el de Lennon, al de John Cage, como apunta Diego Fischerman… lectura ésta de vanguardia que se comprueba al escuchar el extra que viene después de “A Day in The Life”: un parloteo inentendible que se corta (o cortaba) con el brusco elevarse de la palanca en la tornamesa, y que provoca (o provocaba) un álgido desconcierto.
Antes de esto, la frase final de “A Day in The Life” causó entonces inquietudes múltiples, al grado de que la canción fue prohibida en la radio: “I’d love to turn you on”, es decir: “Me encantaría excitarte”.
Así, con esa expresión clara del deseo, la banda se despide.

Noviembre 2007

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