Friday, October 07, 2005

Please Please Me

A principios de 1963, cuatro jóvenes músicos de Liverpool peregrinaban por las carreteras de la Gran Bretaña en una vieja furgoneta padeciendo de todo, “peleándose los asientos y congelándose las pelotas”" (Ringo). Eran los teloneros de Helen Shapiro, Roy Orbison, Chris Montez y Tommy Roe, y aspiraban a estar en la parte alta de los carteles.
A finales de ese mismo año, los integrantes de ese cuarteto de muchachos surgidos de la clase obrera sumaban cuatro “número uno” en las listas de popularidad, dos discos de larga duración (Please, Please Me y With The Beatles), tenían cada cual su piso en Londres y coche propio, se habían presentado, incluso, en la gala real ante la Reina Madre y eran el centro de un fenómeno que la prensa conoció, desde octubre, como “beatlemanía”, y que tenía como principales síntomas una fiebre juvenil (sobre todo en las chicas) acompañada por accesos de gritos y llanto: un alarido permanente. La enfermedad se extendería, muy pronto, a otros países... e incluso cruzaría el Atlántico.
En unos meses, todo cambió para John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Richard Starkey: pasaron rápidamente del anonimato a ser, como luego diría uno de ellos, más populares que Jesucristo.
El Daily Mirror describió así el fenómeno: “Tienes que ser un amargado si no amas a los extravagantes, ruidosos y bien parecidos Beatles. Si ellos no barren todas tus tristezas, hermano, eres un caso perdido. Si no te pones a bailar, hermana, no estás viva. Qué refrescante es ver a estos bulliciosos y jóvenes Beatles cuando toman por sus bufandas a los mayores en los conciertos del Royal Variety y los ponen a ‘beatlear’ como adolescentes. Lo cierto es que gente beatle hay por todas partes. Desde Wapping hasta Windsor, niños desde siete años hasta ancianos de 70. Es grato ver cómo estos chicos de Liverpool nos han cambiado tanto. Son jóvenes y novedosos. Tienen un gran espíritu y están llenos de alegría. ¡Qué cambio hemos tenido!” Y marcaba un antes y un ahora: “Atrás han quedado los quejumbrosos, llenos de autocompasión, llorando con sus cantos de amor que salían de los torturados rincones de sus tibios corazones. Los Beatles son absurdos. Usan el cabello como un trapeador, pero se lo lavan muy bien. Así es su forma de actuar, fresca y joven. No tienen que apoyarse en chistes desteñidos frente a sus competidores. Jóvenes como ellos le están dando un vuelco al mundo del espectáculo y a todo lo nuestro con sus nuevos sonidos y su nueva imagen. ¡Buena suerte, Beatles!”
La beatlemanía estaba ahí. Yeah, yeah, yeah...

***

Una de esas noches de 1963, los Beatles tocaban en La Caverna de Liverpool. El encargado del lugar, Bob Wooler, subió al escenario y pidió silencio. Llevaba un telegrama en la diestra. Tomó uno de los micrófonos. “Tengo noticias. 'Please, Please Me' ha llegado al número uno en las listas nacionales”.
Se pensó que era una broma. Luego hubo aplausos y gritos. Las chicas lloraron. Sabían que los Beatles se harían famosos y se irían. Ya no les pertenecerían, nunca más.

***

Las voces de los protagonistas están aquí y allá, en los documentales y en los libros, en los discos de entrevistas y en los diarios. Todavía.
Cuenta Paul: “No triunfamos de golpe. Empezamos en los pubs; después pasamos a los concursos de talentos y a los clubes de obreros. Tocamos en los clubes de Hamburgo y después empezamos a actuar en ayuntamientos y centros nocturnos, y luego en salas de baile”.
Con los cuatro viajaban Neil Aspinall como manager de ruta y Mal Evans como chofer y ayudante. Iban, todos, en una furgoneta, puebleando. Por la agencia de Arthur Howes, andaban de gira con actuaciones en los Gaumont y Odéon y otros cines del país. La lista de ciudades recorridas es larga: Wakefield, Carlisle, Peterborough, Mansfield, Conventry, Taunton, Gloucester, Romford, Exeter, Lewisham, Croydon, Shefield...
El ascenso en las listas implicó ciertas incomodidades en los conciertos. De pronto ocurrió que se esperaba que los teloneros fueran el plato fuerte de la función. En marzo, acompañando a Tommy Roe y Chris Montez, el promotor propuso que los Beatles cerraran la primera mitad del concierto...
Narra George: “Lo sentí bastante por Chris Montez, ese pobre mexicano bajito. Cantó una lenta sentado en una silla, una melodía española, y lo abuchearon. (...) La beatlemanía empezaba a hacer estragos”.

***

La mudanza a Londres fue obligada. Era la plataforma para dominar al Imperio Británico e irse a hacer la América.
Una tarde en Charing Cross Road, John y Paul se encontraron con Mick Jagger y los otros muchachos de Rolling Stones, que iban al estudio de grabación.
—¿Tienen alguna rola que podamos tocar? —preguntaron los de las piedras rodantes.
—Pues... sí, una: "I Wanna Be Your Man".
Los acompañaron al estudio y tocaron una parte de la pieza.
—Sí —dijo Jagger—, es nuestro estilo. ¿Va?
Sólo que la canción no estaba terminada. Paul y John se fueron a una esquina para acabarla.
—Dios, ¿has visto eso? ¡Se han ido al rincón, la han escrito y han vuelto!

***

George ha dicho que los Beatles fueron un pretexto para que en los años 60 la gente se volviera loca.
En esa época circulaba este argumento científico: “Esta es una forma de liberar las restricciones de la juventud para dejarse ir mentalmente. El hecho de que decenas de miles de individuos vibren al mismo tiempo hace que las jóvenes sientan que están viviendo a plenitud con gente de su misma edad. Esta actitud emocional es muy necesaria a su edad. También es inocente e inofensiva, como una válvula de escape. Con ello las jóvenes se preparan inconscientemente para la maternidad. Sus gritos frenéticos son un ensayo que las entrena para ese momento”.
Así, entonces, a partir de 1963 los Beatles ayudaron a las chicas a ejercitarse en el arte de parir.

***

Pero hay otra explicación...
A principios de los años sesenta estalló en Inglaterra el "escándalo Profumo", que laceró a los conservadores y abrió, para los sociólogos, el camino a una década de grandes cambios, y es una de las probables explicaciones del surgimiento de la beatlemanía: la desconfianza hacia la política hizo que la sociedad atendiera a figuras menos decepcionantes (como esos cuatro jóvenes músicos de Liverpool, hijos de la clase trabajadora), y terminara por mirarse a sí misma.
Hay que situarse en marzo de 1963, cuando el ministro de guerra británico John Dennis Profumo se presenta en la Cámara de los Comunes para desmentir su relación extramarital con la call-girl de 21 años de edad Christine Keeler. “No hubo ningún indecoro, en absoluto”, aseguraba Profumo. “Y no vacilaré en presentar demandas judiciales por difamación y calumnias si se repiten o efectúan afirmaciones escandalosas fuera de la Cámara.” Tres meses más tarde debió reconocer que mentía, y renuncia como ministro y miembro del parlamento. También lo hará, aunque en octubre, Harold McMillan, flamante primer ministro. Y un tercer personaje involucrado, el médico Stephen Ward, que fue quien introdujo a Christine en los altos círculos del Partido Conservador, se suicida.
Mas aquí no acaba la lista de Christine, que incluye a un miembro de la inteligencia soviética: Eugene Ivanov. La dama era, pues, el punto donde se unían tres figurantes: el osteópata Ward, el ministro Profumo y el espía que surgió de una Guerra Fría entonces muy candente. Con lo que el escándalo se volvió asunto de Estado e implicó una gran conmoción en las islas británicas, ¿qué secretos habrían corrido de cama en cama? Y como remedio contra la incertidumbre se buscaron nuevos azideros. Uno de ellos fue la beatlemanía, que para noviembre de ese 1963 era ya un fenómeno nacional que desconcertaba incluso a Brian Epstein, mánager del grupo.
Es curioso pensar que la llegada de los Beatles a los Estados Unidos, en febrero de 1964, también significó una cura: la del luto extremo vivido en ese país tras el asesinato de John F. Kennedy. Y quizá se podrían hallar otros ecos sociales si se observara detenidamente el resto del itinerario de los liverpoolianos en sus giras por el mundo de 1964 y 1965.
En su libro Goodbye Baby & Amen: a Saraband for the Sixties (1969), el periodista Peter Evans sugiere que el luego bautizado como Swinging London (el alocado Londres) tuvo su arranque exacto a las 11 de la mañana del 22 de marzo de 1963, cuando Profumo se presentó en la Cámara de los Comunes para aclarar sus tratos con Christine Keeler, que es justo el día en que salió a la venta en Inglaterra Please Please Me, el primer álbum de los Beatles.
Por sus méritos seductores que inauguraron una época, a Christine Keeler se le ve fugazmente en el video musical de "Free as a Bird", lanzado en 1995 junto con la Antología, melodía que representó el reencuentro virtual del cuarteto al retomar Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr un "demo" de John Lennon. Cuando ha corrido 1 minuto con 48 segundos de ese video que concentra la historia de los Beatles, surge Christine Keeler caminando por Penny Lane junto con Mandy Rice-Davis, su compañera de fiestas y cómplice en los amoríos.Una cosa parecería no tener que ver con la otra, pero ocurrió: al seducir o desnudar (literalmente) a importantes figuras del Partido Conservador, Christine Keeler contribuyó a que surgiera el fenómeno beatle. El canto común es acaso este: “Por favor, compláceme”.

0 Comments:

Post a Comment

Subscribe to Post Comments [Atom]

<< Home